Maradona, una metáfora del país
El entrenador respondió a sus críticos con la misma lógica con que Néstor Kirchner suele contestar a quienes lo interpelan
Domingo 18 de octubre de 2009 | Publicado en edición impresa
Las peripecias del seleccionado argentino de fútbol, coronadas por los inadmisibles exabruptos del ex futbolista ahora devenido en su director técnico, Diego Maradona, han provocado consternación en el país y en buena parte del mundo.
El asombro que produjeron las groseras manifestaciones de Maradona y la defensa que recibió del presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), Julio Grondona, comienza a disiparse, sin embargo, cuando se ubica a quien dirige el equipo nacional en el contexto más general del ciclo que está atravesando la Argentina. Sobre ese telón de fondo, lo que parece extraordinario sigue siendo injustificable, pero comprensible. El seleccionado y su líder se han convertido en la última semana en una elocuente metáfora del país.
Que cuando se piense en el equipo argentino y en Maradona aparezca, de inmediato, la imagen del Gobierno tiene su lógica. La administración Kirchner, que tiende a avanzar sobre casi todos los campos de la vida nacional -ni siquiera se detiene ante la intimidad de las personas- colonizó también la AFA y a su cacique, Grondona, que es el padrino del actual director técnico. Esa vinculación radica, sobre todo, en el terreno fiscal: la Presidenta conectó este año el negocio del fútbol al presupuesto del Estado al convertir a éste en el titular de los derechos para televisar ese deporte. Grondona prestó servicios invalorables para que el matrimonio gobernante pudiera anunciar la demagógica y muy costosa socialización de los partidos.
Si hacía falta un hilo más visible para enlazar el comportamiento del director técnico con las propensiones más marcadas que hoy dominan la política, ahí está el ataque a la prensa como única responsable de todo lo que sucede en el país. Maradona respondió a sus críticos con la misma lógica y casi la misma agresividad con que Néstor Kirchner suele contestar a quienes lo interpelan.
Al entrenador del seleccionado le disgusta que lo critiquen -señal de soberbia-, se supone intocable, deja la impresión de que se sintiera capacitado para discutir mano a mano con Dios y, al igual que el ex jefe del Estado, parece tener enormes dificultades para escuchar consejos de quienes quieren ayudarlo.
En ambos discursos asoma una vieja fantasía autoritaria: la realidad sería perfecta si no fuera porque alguien, que no obedece al poder, la está narrando. La dificultad, el error, suele hacer que los que mandan quieran fugar hacia un mundo de silencio, sin voces ni relatos, en el que sus órdenes resultaran indiscutidas. Los Kirchner lo han conseguido en su entorno más inmediato, el de su gabinete de colaboradores y suponen, tal vez por eso, que se puede expandir la experiencia al resto de la sociedad. En esto consiste su conflicto con el periodismo independiente.
La familiaridad entre fútbol y política no se agota allí. Hay, en efecto, un déficit de organización, una falta de sistema, una forma de dirigir y liderar, que están convirtiendo al equipo del país en un espejo de la vida pública.
El seleccionado argentino carece de un método serio de trabajo. Depende demasiado de los altibajos emocionales de su entrenador, que ha demostrado de sobra que no encaja en la misión que tiene asignada y cuyos sustentos deben ser, al margen del conocimiento técnico, la mesura, el sentido común, el equilibrio mental y la serenidad espiritual. Mal puede conducir a un grupo humano quien prueba ser incapaz de controlarse a sí mismo. En vez de tener un plan, busca, apenas, llegar a la noche. Coquetea con la derrota, a un punto tal que nuestra participación en la fase final del Mundial no será el premio al buen trabajo y el esfuerzo disciplinado, sino a golpes de suerte de última hora.
Esa forma de llevar adelante una empresa colectiva reproduce en la escala de un equipo de fútbol el funcionamiento del Gobierno. Una de las características principales de las administraciones Kirchner es su falta de previsión y su dificultad para mirar más allá del corto plazo. Como el seleccionado, vive bordeando el fracaso: se llame apagón eléctrico, destrucción del capital agropecuario, default de alguna economía provincial, pérdida de mercados internacionales, urgencias de caja, desbordes callejeros o avance atroz de la inseguridad. Como el fútbol, la política en la Argentina está a merced de lo imponderable más que de la acción racional de quienes la conducen.
El modo con que Maradona abordó estas dificultades es homologable con la prepotencia que suele aplicar el Gobierno a la obtención de sus objetivos. El arrebato predomina sobre la reflexión. Y el balance sereno de lo que se hizo se sustituye por la exhibición rencorosa del último resultado, formulada de una manera inconcebible por lo burda. La calidad de los procedimientos, que es la piedra angular del éxito de todo esfuerzo, queda sustraída de ese modo a cualquier examen.
La conferencia de prensa de Maradona pareció una escena que, casi como una parodia, podría haberse insertado en el debate general que agita al país en torno del papel de los medios de comunicación en una sociedad democrática. Aunque debe reconocerse, en beneficio del iracundo director técnico de la selección, que por lo menos en su caso se sometió al interrogatorio del periodismo. En lo alto del poder esa práctica se abandonó hace tiempo.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1187674